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Introducción de tecnología en los procesos electorales: Una aproximación

En su acepción más básica, las elecciones son “una técnica para constituir cuerpos representativos y/o para delegar autoridad” (D. Nohlen 1995).

Las elecciones enmarcadas dentro de principios democráticos, tal como las conocemos en occidente, son de reciente data. De hecho, es a partir de la Declaración Universal de los Derechos Humanos o del Pacto Internacional de los Derechos Civiles y Políticos; que se empiezan a consagrar principios como la universalidad o el secreto del voto; conquistas que se fueron dando a lo largo del siglo XX.

Hoy, salvo excepciones, no se cuestionan estos imperativos. Las discusiones contemporáneas tienen que ver con las medidas afirmativas para la participación de la mujer en la política, cuotas, cupos, accesibilidad, representación de las minorías, entre otros temas.

Sin embargo, en muchos países también se viene discutiendo lo concerniente a la incorporación de tecnología en los procesos electorales. Esto trasciende el instrumento de votación, y puede abarcar el empadronamiento, la identificación del elector (biométrica), la forma de votación (presencial o a distancia), el escrutinio y la transmisión de datos.

Aunque cuando hablamos de voto electrónico, normalmente nos referimos al uso de un instrumento de votación automatizado, con o sin comprobante papel; podemos ver que la implementación de tecnología en los procesos electorales se puede dar en cualquiera de las fases del ciclo electoral.

En el caso de los procesos electorales, y a diferencia de lo que pudiera suceder en otros ámbitos, la incorporación de tecnología no representa per se una mejora en la confiabilidad o transparencia, aunque sí necesariamente en la velocidad y la facilitación del proceso.

Evidentemente la tecnología puede optimizar procesos que de manera manual tomarían demasiado tiempo y serían vulnerables a los errores humanos; más cuando se trata, por ejemplo, de llenar un telegrama con los resultados de una mesa después de 10 horas de jornada comicial.

Las alternativas tecnológicas también pueden ofrecer el escrutinio de una elección nacional a solo minutos de haber cerrado las mesas, lo que evitaría las largas noches en vela observando la carga de telegramas en la televisión.

Sin embargo, también son vulnerables a ser manipuladas. Si se da el caldo de cultivo indicado, es decir; que las partes que compiten en la elección no tengan acceso a auditar la tecnología utilizada, a fiscalizar la elección, accesibilidad al software; y que no se tomen medidas desde la confección de la legislación electoral que, por ejemplo, obliguen a que se abra un porcentaje de las urnas de manera de cotejar que exista una coincidencia del 100% entre los comprobantes  y los resultados transmitidos por las máquinas; se abren distintas ventanas a través de las cuales se puede filtrar un fraude.

Pero sobre todo, el proceso de incorporación de tecnología a los procesos electorales depende de la confianza en el sistema electoral en general. Cuando los ciudadanos tienen confianza en sus instituciones, en la justicia, en la contraloría, en los organismos electorales y en las agrupaciones políticas; el sistema electoral está blindado, y la legitimidad de las autoridades electas, intacta.

Evidentemente, estos factores trascienden lo que sucede en la jornada electoral y tienen que ver con el fortalecimiento de la institucionalidad.

Transparencia Electoral tuvo ocasión de hacer una Misión de Observación Electoral en Noruega, país que encabeza el índice de democracia que anualmente confecciona The Economist. La conclusión principal de los miembros de la misión fue que este país lidera el ranking no porque tenga un sistema electoral particular, sino por la confianza de los electores en el proceso y el sistema político.

En las elecciones noruegas pasan cosas que no serían toleradas en nuestros países. Por ejemplo: no hay veda electoral, no hay fuerzas de seguridad resguardando los centros electorales o las urnas, no hay límites a la financiación privada, e incluso los partidos pueden repartir material el mismo día de la elección en la puerta de los centros de votación.

Noruega encabeza el índice de democracia anteriormente mencionado, mientras que Corea del Norte tiene la peor puntuación; pero ninguno ocupa su lugar por el instrumento de votación que usa.

No se puede avanzar con la aplicación de tecnología en los procesos electorales mientras no se avance al mismo tiempo en la construcción de una nueva relación entre las instituciones y la ciudadanía. Son caminos que deben ser recorridos de manera simultánea y que necesitan de la voluntad política de las autoridades, de las organizaciones políticas y sus líderes, y de la intermediación de las organizaciones de la sociedad civil.

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